La Pulga, por primera vez capitán en Buenos Aires, gritó como casi nunca, sintió el afecto del público y, sobre todo, volvió a convertir en forma oficial luego de 16 encuentros; Por Cristian Grosso
Irresistible y simbólica. La noche de Leo Messi, acaso, no fue su mejor versión vestido de celeste y blanco. Tuvo clase, tuvo gol, tuvo destellos del genio que el mundo conoce. Sin embargo, lo suyo, en la ventosa noche del Monumental, fue algo más importante que aquello. Fue, a su manera, el otro gran ganador. Detrás de la Argentina (y su convincente 4-1), detrás de Pipita Higuaín (figura y goleador), Messi jugó su propio espectáculo. No sólo del mágico botín izquierdo vive el hombre: lo suyo traspasa el gol, la asistencia, la gambeta repentina. Fue el partido en el que se recibió de líder. También brindó una exhibición, a su modo. A su estilo.
La Pulga fue por primera vez capitán en Buenos Aires, gritó como casi nunca, sintió el afecto del público y, sobre todo, volvió a convertir en forma oficial luego de 16 encuentros. Deslumbró, aun sin brillar.
Para Alejandro Sabella, el conductor, Messi es el mejor jugador del mundo y, como consecuencia de aquello, debe ser el líder del grupo humano. Fue, en realidad, la cuarta vez que lució la cinta. Las anteriores fueron contra Grecia, en el ciclo de Diego Maradona, en el Mundial, y después, con Sabella, en la gira inaugural en la India y Bangladesh frente a Venezuela y Nigeria. Pero lo de anoche fue diferente. Fue, de algún modo, el comienzo de una nueva leyenda en el seleccionado. Obligado por la situación, responsable por el escenario o, tal vez, convencido de su nueva faceta, discutió con el árbitro, protestó más de un fallo y hasta les expuso su desagrado a algunos de sus compañeros cuando la goleada, todavía, no era un resultado cercano.
Siempre en su estilo: no nació un nuevo Ruggeri. Ni otro Passarella. Pero sintió que era a su modo, a su manera, ser el capitán de una nueva era, en la que no sólo desploma adversarios: también puede imponer su aureola con su personalidad.
Se quitó otro peso. Se sabe de memoria: la red es parte de la extensión de su botín. Cuando ensaya un remate, posiblemente termine en el arco. Pero en la selección, en esta suerte de relación esquiva, en la que algunos maliciosos exageran hasta la zoncera, hacía un buen rato que no podía marcar.
Fueron, exactamente, interminables 16 partidos oficiales (eliminatorias, Mundial y Copa América) sin convertir. Exactamente, 913 días. Desde el 28 de marzo de 2009 frente a Venezuela (4-0), el día del debut oficial del ciclo del polémico Diego Maradona rumbo a las eliminatorias para Sudáfrica 2010, en el Monumental. Después, ya no convirtió ni en el resto de esas eliminatorias, ni en el Mundial de Sudáfrica, ni en la Copa América. Desde entonces, si bien anotó cinco goles (dos a España; Brasil, Portugal y Albania), todos fueron en partidos amistosos.
Hasta anoche. Con ese zurdazo exquisito, luego de un pase a lo Bochini de Pipita, su compañero de aventuras en el ataque. Y pudo haber anotado alguno más. No lo desvela, claro: los reyes pueden vivir sin corona. Messi sabe lo que vale: su brillo supera cualquier estadística esquiva. Hasta la más insólita, como parecía ser ésta, la de los largos dos años de sequía.
Y en la noche de los valores simbólicos, la tercera pata, detrás de la cinta por primera vez en casa, detrás del fin de la serie negativa, fue el reencuentro con la gente. Con ese público que nunca lo abandonó, más allá de las miserias de algunos resultados absurdos.
Esta vez, esta suerte de público teatral (muchas familias, poco sentido futbolero) le brindó el calor ausente en las gradas casi sólo a él. "Messi, Messi", sonó como un coro de escuela. Afecto que actúa como oxígeno para el pequeño gran hombre. "Nunca juega mal", analiza Sabella. Es verdad. Su luz, detrás de los goles de Higuaín, de la clase de Di María, también brilló en la noche de Núñez. Una cinta, un gol y el afecto indestructible. Messi fue el otro gran ganador.








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